lunes, 2 de marzo de 2015

Y los frailes colocaron al Señor Difunto, y los cofrades. . . .

PRESENTACIÓN DEL CARTEL DE LA PROCESIÓN DEL SILENCIO Y los frailes colocaron al Cristo Difunto en el Capítulo... Y los cofrades colocaron al Señor Difunto en el presbiterio de la Iglesia, preparándolo para el Besapiés. Los cofrades portan aún en sus manos los regatones. El Silencio de la noche del Viernes Santo es de esperanza y júbilo. Y los frailes colocaron al Cristo Difunto en el Capítulo…. El capítulo generalmente se encontraba anexo al claustro principal de los conventos y era la sala donde se reunían los religiosos para sus deliberaciones y también se usaba como lugar de entierro, generalmente de los frailes, para lo cual se colocaba un altar que sacralizaba la sala que de este modo se convertía en capilla. Era así la capilla del Capítulo. En el Capítulo se dividió la zona de entierro de la siguiente manera: el lado derecho, donde aún hoy se ubica el altar del Señor Difunto en el interior del templo aledaño de Santo Domingo de Guzmán, -era el lugar de entierro de los frailes dominicos-, mientras que el lado izquierdo lo ocuparon en el siglo XVIII dos altares, -era el lugar de entierro de seglares y sacerdotes-. El regidor Anchieta en 1739 viene a decir que “ Y la capilla del entierro de Cristo era capilla muy deseada y entierro de algunos particulares y D. Juan Pedro mercader la costeó y fabricó y le dieron allí sepulturas, era el capitulo antiguo, y abrieron la puerta grande a la iglesia para la capilla que no había ninguna". Como consecuencia de la desamortización de los bienes eclesiásticos llevada a cabo por el ministro liberal Juan Álvarez Mendizábal en 1836, la longitud de la Capilla del Capítulo se redujo a más de la mitad dejando únicamente hoy el espacio ocupado por el Señor Difunto comunicado directamente con la iglesia, a la que se accede salvando del desnivel del suelo de la Iglesia con varios escalones, ya que fue construida al nivel del suelo no de la Iglesia sino de la importante sala del Capítulo. Y es que nos encontramos ahora mismo en esa sala del Capítulo.
 Estamos en la antigua capilla del Señor Difunto en toda su extensión; nos encontramos en un lugar de tradición, leyendas y de lo que es lo más importante: un lugar que ha sido depositario y transmisor de la fe de nuestros ancestros y del que somos herederos. En el mismo sitio donde está la cripta de la mujer enterrada viva, encontrada luego intentando salir, no sin antes hacerse oír por todos lo que se aproximaban a esta capilla; víctima probablemente de la catalepsia, es fuente de otra leyenda y de un misterio más que alimenta la imaginación de todos los que indagamos en la historia de nuestra Ciudad. El origen exacto de la imagen del Señor Difunto que contemplamos, pieza articulada de indudable categoría artística, es uno de los grandes misterios históricos -constituyendo la imagen de la Pasión más antigua del archipiélagovinculada a la desparecida familia Arguijo con referencias documentales de su presencia en la ciudad de San Cristóbal de La Laguna antes de 1590. Hasta ahora han sido dos las hipótesis sobre su procedencia: la primera la adscribe a los talleres sevillanos del siglo XVI; pero últimamente toma consistencia su probable factura nórdica, ya que entronca con pautas estilísticas de Flandes y Alemania, (es una imagen realizada con el cuello y brazos articulados, algo muy extraño en la imaginería hispana o canaria). Destaca la cuidada ejecución del imaginero y la simbología que supone que la cabeza del Cristo está realizada en una sola pieza y que se usó para ella el corazón del árbol, (hecho éste que se verificó en la restauración realizada en 1999), -según se constata con la identificación de los anillos de crecimiento del árbol-, realizándose un detallado tallado de la boca, incluida la lengua, paladar y dientes, desde el exterior aprovechando la ligera abertura de los labios. Ya desde finales del siglo XVII consta documentalmente la presencia de esta imagen en la Procesión del Entierro de Cristo en la tarde del Viernes Santo con suma solemnidad y acompañada del "regimiento" (entiéndase el conjunto de los regidores de la isla), así como la posterior ceremonia del entierro realizada en este mismo claustro aledaño del convento de Santo Domingo en el que estamos, salvo un corto período entre 1743 y 1744 en que dicha ceremonia se celebró en el interior de la Iglesia como consecuencia de la prohibición genérica del Papa Benedicto XIV de la entrada a las mujeres en los claustros conventuales; este hecho llevó a los frailes a conseguir una licencia del nuncio apostólico que posibilitó que nuevamente se llevara a cabo la ceremonia en el claustro con presencia de todos los fieles incluidas las mujeres.
  Y los cofrades colocaron al Señor Difunto en el presbiterio de la Iglesia, preparándolo para el Besapiés. La Procesión del Silencio tiene lugar en su actual forma desde 1953, tomando su idea por el entonces párroco de Santo Domingo de Guzmán, don José García Pérez, de precisamente la celebración del Entierro en este claustro. Es una de las procesiones más emotivas y multitudinarias de la Semana Santa de La Laguna, en la que la imagen del Cristo Difunto es portada a hombros desde la Santa Iglesia Catedral hasta la de Santo Domingo de Guzmán por la Cofradía de Penitentes de la Misericordia, acompañada por el resto de las Cofradías de la ciudad, en la oscuridad de las calles, guiada solo por los cirios y los faroles de los cofrades. Es la procesión cofrade por excelencia de La Laguna. La imagen desfila procesionalmente en la Semana Santa dentro de la original y única urna de plata, factura de orfebrería lagunera, donada en 1721 por Amaro Rodríguez de Felipe, (Amaro Pargo), por su devoción. Así lo recoge su testamento de 19 de junio de 1746: “es mi voluntad que los poseedores que fueren de este vínculo han de ser obligados a cuidar de la conservación, limpieza y aseo, de la urna de plata que también fabriqué a mi costa para que en ella saliese en dicha procesión la imagen de nuestro Señor Difunto, y porque se hace; y cese todo motivo de deteriorarse dicha urna, en presentarla para otras funciones, lo cual absolutamente prohibe, dispuse y dispongo conviniendo en ello los padres de dicho convento que en dicha urna se conserve todo el año la dicha Santa imagen en el nicho que para este fin tiene en el altar del Capítulo de dicho convento al cual nicho puse una vidriera con su llave que le sirve de custodia”. Los cofrades portan aún en sus manos los regatones. La Procesión ha llegado a la Iglesia de Santo Domingo. El capataz de paso, con gestos y destreza inequívocamente aprendidos de la experiencia de quien con gran honor sustituye, ordena dar la vuelta al cortejo para que el Cristo Difunto entre mirando hacia la calle y así quede dispuesto para el Besapié. El sonido de los regatones cambia al entrar en el enlosado de la Iglesia, siendo más sobrecogedor si cabe. Tras unos movimientos precisos las parihuelas son depositadas en el suelo. La multitud de fieles y penitentes se acercan despacio para poder tener más cerca y rendir homenaje a quien han acompañado en silencio en la cerrada oscuridad de la noche del Viernes Santo que está a punto de finalizar.
 Este es el momento que representa el cartel: dos cofrades con sus regatones aún en la mano acaban de depositar al Señor Difunto para que de comienzo el Besapié. Al fondo: una tenue luz, la de la primera luna llena de la primavera. José de Arimatea fue el discípulo de Jesús que le dio sepultura en la tumba que, desde hacía mucho tiempo, tenía destinada para ser enterrado él mismo; hombre influyente que fue, rico, de fuertes convicciones religiosas, bueno, justo, fariseo y opuesto totalmente no solo a la idea de matar a Jesús, sino también de producirle el menor daño. Miembro del Consejo del Sanedrín judío, amigo oculto de Jesús y discípulo de éste en su corazón, no da su consentimiento a la sentencia de muerte de Cristo. Su postura significó algo de gran valor para cualquiera que, en aquellos momentos históricos, fueran seguidores de Jesús: que la fe en éste, no debe perderse aun habiendo muerto. Con su ejemplo, Arimatea, se transformó en un verdadero servidor de un Jesús muerto, ya que ayudó a bajarlo de la cruz, solicitó su cuerpo inerte a Pilatos y, además le cedió su propio sepulcro. ¿Cuántos “José de Arimatea” viven hoy anónimamente entre nosotros atendiendo a los marginados, desahuciados y empobrecidos por la vorágine de nuestro egoísmo espiritual y social? ¿No debemos buscar en nuestro interior a ese “José de Arimatea”? En el Besapiés, al Señor Difunto ahora lo escoltan los hermanos de la Cofradía de la Unción y Mortaja de Cristo con su impecable hábito blanco puro; custodios éstos de una preciosa talla de San José de Arimatea con la que también desfilan procesionalmente el Jueves y Viernes Santo, ¿cabe mayor simbolismo en este multitudinario acto de devoción del pueblo lagunero? El Silencio de la noche del Viernes Santo es de esperanza y júbilo. En esta presentación de una visión actual y original del Señor Difunto en el cartel anunciador de su procesión por excelencia, no se puede olvidar el valor catequético del momento que se revive. Es el momento de adorar y esperar hasta que el Misterio se haga luz; esperar el amanecer de la Pascua para constatar que aquello que creemos es verdad. Hemos llegado con el Silencio a Dios. El Silencio de la Procesión del Silencio en el alma y en el espíritu. Ese es el silencio de la procesión, el que inunda el ánimo y lleva inexorablemente a reflexionar sobre lo que hacemos allí en plena noche, a la intemperie, en la calle escarchada que ahora es una prolongación de la edificación arquitectónica del Templo. El ejemplo de Cristo nos conmueve, ratifica nuestro credo y revaloriza nuestro silencio.
 Meditamos sobre la muerte de Jesús, ejemplo máximo del acto definitivo del hombre. Ante la muerte nos encontramos desamparados, en una noche oscura, en el mismo silencio que queda tras el último suspiro. Pero es también la oportunidad de realizar un acto de fe siguiendo a Cristo que ahora ha muerto, pues su muerte es victoriosa y salvadora. Con esa esperanza redentora es con lo que nos tenemos que quedar. Jesús Maury-Verdugo García


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